
El fin de semana pude "videar" por fin una de las últimas y polémicas obras del gran Carpenter (ahora me queda por ver "Fantasmas de Marte" y sus dos capítulos de "Masters Of Horror" -de esta serie ví el que hizo Takashi Miike, pero por fortuna Carpenter sabe dirigir) y a pesar de las reservas con que me enfrenté a esta película -reservas originadas por opiniones poco halagüeñas- tengo que decir que pensé aquello que suelo pensar de los verdaderos genios: "lo ha vuelto a hacer". Y con esto quiero decir que una vez más nos ha mostrado las claves de todo su cine, y una vez más ha consumado su maestría para la sátira nihilista, terreno en el que definitivamente descansan sus últimas obras, como puñetazos irónicos en el estómago de la industria cinematográfica y en el del espectador demasiado acomodado. Porque aquí los amantes de los vampiros se sentirán decepcionados: estos vampiros son absolutamente vulgares, sin el encanto romántico que la mitología nos viene enseñando desde que Bram Stoker se inventó aquel Conde Drácula (y todo lo que ha venido después). Pero es que además los caza-vampiros no son agentes del Bien, ni mucho menos, sino que son una banda de puteros malencarados y sádicos que disfrutan cazando cruelmente. En este sentido el personaje del caza-vampiros encarnado por James Woods -Jack Crow, otro antihéroe de la calaña de Snake Plisskin- no es mejor que el Vampiro jefe al que persigue. De hecho probablemente sea peor, porque el vampiro obedece nada más que a su naturaleza y no busca más que su supervivencia, mientras que Jack Crow aparece como un enloquecido asesino vampiresco sin más motivación que el odio. Y todo esto resulta grotesco si tenemos en cuenta que es un tipo pagado por la mismísima Iglesia Católica.
Pero ¿qué es Vampiros?¿es una genuina película de terror?
Para aprehender sus ingeniosos mecanismos hay que tener gusto por otros géneros. Vampiros es un Western en toda regla, que a veces toma la forma de Road-movie y cuyos protagonistas son los vampiros y un dúo de cazadores cabronazos que los persiguen.
Y en esa amalgama de géneros la paradoja está en una estética alejada de cualquier género, en tanto que los vampiros no obedecen al arquetipo tradicional, ni los compadres de Jack Crow van muy a la moda "cowboy", esto es, los aspectos de los géneros a que obedece "Vampiros" por estructura y personajes, no son formales, sino de contenido, por la significación de las situaciones, que tiene que ver con la estructura de la historia (de western y road-movie), y con los personajes arquetípicos que la habitan (los vampiros propios del género de terror, y los cazadores que parecen salidos de "La Huída" de Sam Peckinpah o de algún thriller desgarrado y ultra-violento tipo "A quemarropa" de John Boorman o "Harry el sucio" de Don Siegel).
Aquí los temas propios de todas las películas de Carpenter aparecen una vez más: la amistad en situaciones límites, el determinismo, el amor "fou", el nihilismo, los excesos del poder individualizado, etc.
Y como en "Rescate en Los Ángeles" la sátira es evidente en diálogos esperpénticos (esos exabruptos "¡muere, maldita chupasangre!" o el lenguaje procaz de Jack Crow cada vez que fanfarronea como un John Wayne de arrabal salido de una astracanada) que nos presentan la realidad de las cosas deformada completamente, diciendonos que esa realidad fílmica caricaturesca es análoga a la "realidad no-fílmica", nuestra realidad de la vida diaria. Y es en este sentido donde en realidad debemos comprender que todo el cine de John Carpenter tiene su razón de ser como sátira de carácter político. Es cine político contundente y feroz como ya quisieran Ken Loach o Fernando León que fuese el suyo -tan cortitos de miras ambos-.
Estudio sobre John Carpenter en dos partes:
primera
segunda
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