
A primera vista “Pozos de ambición” cuenta la degeneración de una persona según va conquistando triunfos empresariales en el turbulento mar del capitalismo, infestado de tiburones. Es decir, y según esto, Daniel Plainview es otro tiburón más –acaso el más voraz-, que acaba más solo que la una por su aplicada dedicación a la ambición más extrema. No obstante, si rascamos sobre la superficie brumosa de esta tesis encontramos mucho más, y así la película resulta más coherente y con más sentido entre sus partes. Lo que resulta de esta “prospección” más concienzuda sitúa la crítica al capitalismo alienante como un telón de fondo, incluso como un mero decorado de coartada histórica. Porque lo que brota es una perspectiva sumamente pesimista sobre la “condición humana”. Al cabo el retrato “pintado” es el de un individuo que toma conciencia de que la individualidad, la condición del individuo abstracto, es una imposibilidad que destruiría al individuo mismo. Lo que Daniel Plainview descubre en su periplo es que para ser “él” ha de prescindir de los demás, y que el prescindir de los demás acaba con “él”. En su tránsito de minero abandonado del mundo hasta empresario multimillonario encuentra frustrantes todas las relaciones que entabla. Y esto es así porque, tozudo, o acaso imposibilitado para ello, no cede nunca ni un ápice en sus posturas. Pero la convivencia es renuncia, renuncia a los propios deseos: Daniel Plainview aparece en la película como un niño caprichoso más que como adulto y su infantilidad le lleva a perseverar en un afán absurdo: no amoldarse al mundo, sino que el mundo se amolde a él. Es una cuestión casi constitutiva de su propio ser, pues desde el propio inicio se nos presenta como una especie de superhombre que ni sufre ni padece, alguien para el que contingencias como quedarse medio tullido no supone mayor contratiempo. Y esta condición es la que aparece como barrera insuperable de cara a los demás. Y ya no es sólo que lo traicionen varias veces y ello explique una superficial desconfianza hacia el mundo, es la trascendental supervivencia del Yo frente a todo lo demás lo que está en juego. Su actitud es la de un sujeto que voluntariamente toma como salida una especie de autismo nihilista. Sin embargo no toma Daniel conciencia de ello hasta el último momento. En el trecho que va de su enriquecimiento, al descubrir oro y plata en aquel agujero escarbado en el suelo por sus propias manos, hasta su encumbramiento como empresario petrolífero, intenta en algunos momentos amar, aunque sea a dos únicas personas –su hijo y su hermano-. El fracaso en esa tarea lo conduce a la situación inicial, una regresión en otro contexto al superviviente sobrehumano que de la total soledad vuelve a ella, que duerme en el duro suelo a pesar de vivir en una mansión, que come en cualquier lugar como si estuviera acampando, como si nada hubiera cambiado, en un giro de 360º. Y es esa toma de conciencia final la que resulta aterradora: somos lo que somos a través de los demás, y sin ellos no somos nada, pero ese “ser a través de” nos hace ser víctimas de engaños y frustraciones. Ambas opciones son dañinas, compaginarlas es altamente problemático, y el resultado es que el que no consigue conciliarlas está “acabado”, que es la última frase de la película, cuando Daniel Plainview dice “i’m finished”.
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